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La lucha por la vida

Publicado: 2012-12-01

Por Erick Quintana

Su vida circula por los paisajes sombríos de Lima. En un estrecho y oscuro callejón, donde se ubica una casa de estilo colonial  –en el populoso Barrios Altos-,  vive Roberto. Él es uno de las más de 30 millones de personas que tiene el virus de  VIH en el mundo. “Asumí que tenía SIDA en 1995”, recuerda tristemente. “Era un pronóstico de muerte inminente. Mi proyecto de vida se derrumbó”, musitó mientras observaba  sus retratos puestos a la entrada de su pequeño y humilde cubil.

“Mi virus progresa lentamente”, comenta congojado y  las lágrimas empiezan a recorrer por sus pómulos sobresalientes y se posan en sus hundidas mejillas. Sus defensas han bajado y es posible que su sistema inmunológico se esté dañando más.

Coge un listón de madera que estaba regado en el suelo para empezar con su trabajo. Él es el carpintero  del lugar. “Un día no tenía fuerza para nada, me sentía cansado y con sueño. Dormía hasta tarde y sentía un malestar parecido a la de la gripe o al resfriado común”, murmura  mientras agarra el martillo y busca los clavos para arreglar la silla que le dio un vecino.

“Cuando presentía que ya no era simplemente una gripe, me preocupé y fui a la posta más cercana. Ahí me mandaron a hacer la prueba de Elisa”, farfulla y empieza a clavar la silla. “El mundo se me vino abajo cuando me dieron el diagnóstico, me sentí tan minúsculo y derrotado”,  murmulla y la voz se le vuelve entrecortada y gangosa.  En el Perú  hay más de 70 mil personas infectadas con el VIH. Muchos de ellos se sienten perdidos y no saben qué van a hacer. Otros  se sienten dejados de lado por la población. El miedo por el qué dirán hace que la mayoría se queden callados y no cumplan con el tratamiento adecuado.  “Muchos piensan que se pueden contagiar por un simple contacto”, piensa en voz alta Roberto, mientras  deja la silla echada boca abajo, para  buscar la cola.

El VIH se transmite mediante las secreciones genitales del hombre o de la mujer; por vía sanguínea o parenteral, que es la mezcla de sangre infectada  con el virus y la sangre de una persona sana; o por la transmisión perinatal, que es de una madre al feto.

“Al principio me sentí discriminado por las personas”, comenta con cierta decepción. Coge un palo que encontró tirado en el piso y mueve la cola para que se caliente, disuelva y pueda utilizarla. “Si me hubiera cuidado en mi juventud, sin vivir alocadamente cada minuto, tal vez -en estos momentos- no tendría el virus”, murmulla sollozando, y apagando la pequeña cocina  donde calentaba la cola.

Acaba su trabajo. Deja en su sitio el martillo y los clavos; y se va a lavar las manos. “Los años siguientes, después del diagnóstico, fueron años de lucha”, exclama mientras se enjuaga las manos. Se seca las lágrimas con un pañuelo que sacó del bolsillo derecho de su pantalón rasgado. “A  diecisiete años de saber que tenía el VIH, me siento más vivo que nunca”, repite una y otra vez y en su cara se dibuja una gran sonrisa. Antes de irse a descansar, después de un exhaustivo trabajo,  dice alegremente que “vivir con VIH no te hace menos que nadie". Antes de irse a descansar exclama, “he vuelto a sonreír”.


Escrito por

COMBASE

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